Viajar a Birmania es algo que creo que hay que hacer una vez en la vida. Y cuanto antes, mejor. Pues merece mucho la pena conocerlo ahora. Real. Sin adornos. Birmania es sencillo pero dorado. Humilde y enorme al mismo tiempo. Sonrisas. Amabilidad. Palabras que van calando a lo largo de todo un viaje recorriendo de arriba abajo parte de este vasto país ¿Qué es lo que más me gustó? Todo.

Y uno de esos “todos” fue, sin duda, este lugar que titula el post: el monte Popa. Un lugar imposible de olvidar. Por lo espectacular. Por las aventuras. Y por las desventuras convertidas ya en anécdotas que contar. Un volcán extinto que se alza 1.518 metros sobre el nivel del mar en cuya cima se encuentra el monasterio budista Taung Kalat, hogar de 35 Nats Mahagiri, o espíritus. Y al que se accede a través de 777 escalones infestados de monos nada simpáticos. Indiana Jones se sentiría orgulloso de este escenario.

Y un hotel. Un hotel que se encuentra justo en frente, con estas vistas. El Popa Mountain Resort.

Monte Popa Resort

El Popa Mountain Resort se encuentra en mitad de la nada, entre verde, mucho verde y pájaros. Naturaleza. Habitaciones en cabañas. Doseles y tul. Y terrazas para leer y no ser visto. Seguimos avanzando por el hotel y llegamos al restaurante con las primeras vistas. Un arroz al curry verde nos espera, junto a una fresca cerveza birmana. Y esa piscina. Esa piscina en la que sabes que vas a entrar pero no vas a salir. No, ni de broma. Ni hablar. Aquí me quedo con mi actitud contemplativa y nada más. Ommm.

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