Viajes

Moscú en invierno es un cuento. Es romántico. Son vivos colores que asoman entre la nieve. Turquesas, rojos, naranjas. Abrigos de piel que pasean por sus calles. Pañuelos de seda. Gorros y guantes. Botas y tacones de paso firme. Cúpulas doradas e historia en cada esquina.

Un viaje de tres días completos. En principio suficientes para un primer contacto con la ciudad, aunque yo, sinceramente, recomendaría un mes con sus 30 días y uno más.

San Basilio

5:00am de un 2 de diciembre: aterrizamos en Moscú y un señor muy ruso y muy correcto nos esperaba a la salida del aeropuerto de Domodedovo. Aquí las marquesas decidimos que tener un taxi ya contratado desde Madrid, era una buenísima idea, pues del aeropuerto al centro de la ciudad se tarda casi una hora en coche. Y a esas horas. Quita, quita.

En esta ocasión optamos por alojarnos en un hostal que encontramos en Airbnb: GoodMood Hostel. Situado a unos 15 minutos andando de la Plaza Roja. A un precio perfecto para los que queremos ahorrar. Limpísimo, acogedor y fiel catálogo de Ikea. Pero es que nada más llegar, a las 6:30 am, nuestra habitación ya estaba disponible. Oh! GoodMood Hostel, os amamos tantísimo en ese momento. Maletas fuera, duchazo, alarma y a dormir un par de horas.

Y ahora ya si, aprovechando el tiempo que teníamos:

Día 1:

Comenzamos con un paseo hacia la Plaza Roja. Pasando antes por la Plaza de los Teatros y saludando a su famosísimo Teatro Bolshói. Me hubiese encantado ver El Cascanueces de Tchaikovsky, pero hasta el 23 de diciembre no sería estrenado. C´est la vie!

Cotilleamos tímidamente la recepción y salones del hotel Metropol. Digno escenario de una película de Wes Anderson. Y seguimos caminando hasta llegar a la Plaza Manezhnaya dónde se encuentra, por fin, la gran Puerta de la Resurrección, entrada principal a la Plaza Roja. Centro y corazón de Rusia.

Plaza Roja

Entrada Plaza Roja

Puerta de la Resurrección y Museo Estatal de Historia.

Catedral Kazan

Detalles Kazan

Catedral de Kazan.

La Plaza Roja es historia. Es la URSS. Desfiles militares. Lenin y Stalin. Yuri Gagarin. Iván el Terrible. Y no pares de contar. Nada más entrar visitamos la pequeña y alegre Catedral de Kazan, replica de la original. Ay, Stalin Stalin. Cotilleamos los puestitos navideños. La enorme pista de hielo. El Museo Estatal de Historia, tan enorme y tan rojo él. Admiramos las hoy en día iluminadísimas galerías GUM, antiguos almacenes dónde era repartido el racionamiento por la Unión Soviética. Y al final, ahí estaba, la Catedral de San Basilio. En la que por supuesto, tras 20 o 30 o 40 fotos, entramos. Un interior de capillas intercaladas a diferentes niveles algo confuso y asombroso al mismo tiempo. Y esos colores. Siempre esos colores. Leer más…

Pongamos que tenemos por delante un vuelo a Montevideo, Shanghái o a Papúa Nueva Guinea. Apetecibles siempre. Pero viajes de muchas horas por delante al fin y al cabo. Y en turista, claro. Viaje a viaje voy perfeccionando mis maletas y bolsas. Mis imprescindibles para que esas doce horas, o más, sean menos horas. Estos son:

Imprescindibles de viaje

· Documentación. Escanea el pasaporte y guárdalo en el móvil. En el carrete de fotos y en el email. Nunca se sabe lo que puede pasar, ni cuando tendrás wifi. Y si puedes tener el de tus compañeros de viaje, mejor. Si uno lo pierde, el otro llegará al rescate. Pero no solo el pasaporte. Ten en el email reservas y documentación. Y si es un viaje de muchas paradas, ve guardando en el carrete lo más inmediato para cada una de ellas. Leer más…

Amanecemos en Rovaniemi, Laponia, un día más. Nos vestimos con nuestras 80 capas de rigor y nos dirigimos hacia el punto de encuentro para llevar a cabo nuestra siguiente actividad:

paisaje laponia finlandesa

(Foto de mi amiga y compañera de viaje Fátima Saenz)

Motos de nieve y pesca en el hielo.

Hemos paseado por los bosques nevados de la Laponia finlandesa con raquetas de nieve. Y conducido trineos tirados por perros. Ya solo faltaba conducir una moto de nieve por un bosque salvaje hasta arriba de nieve. Sin caminos. Por donde el instinto y el guía nos indican que es mejor. Conducir por un bosque y sobre el agua congelada, también. Conducir, en definitiva, con semejantes vistas. Entre semejante paisaje.

motos y paisaje Laponia finlandesa

Bosques nevados Laponia

Ibamos por parejas y turnándonos. Unos conducían a la ida y otros, a la vuelta ¿Destino? Un enorme lago congelado en el que practicar la pesca en el hielo. Leer más…

Viajar a Birmania es algo que creo que hay que hacer una vez en la vida. Y cuanto antes, mejor. Pues merece mucho la pena conocerlo ahora. Real. Sin adornos. Birmania es sencillo pero dorado. Humilde y enorme al mismo tiempo. Sonrisas. Amabilidad. Palabras que van calando a lo largo de todo un viaje recorriendo de arriba abajo parte de este vasto país ¿Qué es lo que más me gustó? Todo.

Y uno de esos “todos” fue, sin duda, este lugar que titula el post: el monte Popa. Un lugar imposible de olvidar. Por lo espectacular. Por las aventuras. Y por las desventuras convertidas ya en anécdotas que contar. Un volcán extinto que se alza 1.518 metros sobre el nivel del mar en cuya cima se encuentra el monasterio budista Taung Kalat, hogar de 35 Nats Mahagiri, o espíritus. Y al que se accede a través de 777 escalones infestados de monos nada simpáticos. Indiana Jones se sentiría orgulloso de este escenario.

Y un hotel. Un hotel que se encuentra justo en frente, con estas vistas. El Popa Mountain Resort.

Monte Popa Resort

El Popa Mountain Resort se encuentra en mitad de la nada, entre verde, mucho verde y pájaros. Naturaleza. Habitaciones en cabañas. Doseles y tul. Y terrazas para leer y no ser visto. Seguimos avanzando por el hotel y llegamos al restaurante con las primeras vistas. Un arroz al curry verde nos espera, junto a una fresca cerveza birmana. Y esa piscina. Esa piscina en la que sabes que vas a entrar pero no vas a salir. No, ni de broma. Ni hablar. Aquí me quedo con mi actitud contemplativa y nada más. Ommm.

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