Estas pasadas Navidades decidimos intentar cumplir un sueño nada sencillo: ver la aurora boreal. Un sueño tan complicado que ni siquiera logramos cumplirlo, pero a cambio, nos llevamos con nosotras un viajazo plagado de recuerdos qué jamás olvidaremos. Papá Noel. Nieve, muchísima. Trineos y renos. Más trineos y Huskies. Y mucho más. Hasta la fecha, el viaje más bonito que he hecho nunca.

Laponia

Lo voy a contar en tres capítulos pues fue muy intenso y lleno de muchos detalles. Así que venga ¡Allá vamos!

Capítulo 1.

Nuestro destino elegido para intentar ver la aurora boreal fue la Laponia finlandesa, en concreto el famoso pueblo donde tiene su casa Papá Noel, Rovaniemi, en el Círculo Polar Ártico.

Llegar a Rovaniemi nos llevó un día entero de viaje. En realidad, puedes volar haciendo una única escala en Helsinki (con Finnair o Iberia), pero claro, todo depende del dinero que te quieras gastar. Nosotras buscando y buscando encontramos vuelos con precios bastante razonables haciendo una primera escala en Amsterdam. Escala que aprovechamos para dar una vuelta por sus calles y canales. Cenar y tomar unas ricas cervezas. Ya que te pegas la paliza, pues aprovechas. Luego, escala en Helsinki y a dormir que al día siguiente teníamos vuelo a las 7:30 de la mañana con destino a Rovaniemi (de una hora de duración). Apenas dormimos 2 horas pero merecía la pena.

El pueblo de Papá Noel:

Pueblo de Papá Noel

Rovaniemi nevado

Y llegamos, por fin, a Santa Claus Village muy cerca de Rovaniemi, capital lapona donde pasamos nuestra primera noche en el Círculo Polar Ártico. Es verdad que allí literalmente te sientes como un niño, rejuveneces 20 años así ¡Zas! del tirón. Es una auténtica preciosidad. Todo tan blanco, lleno de luces y todo tipo de detalles navideños. La casa de Papá Noel y la oficina de correos, con sus elfos, sus cartas y sus todo. Me encantó ver las caritas de felicidad que tenían los niños, porque claro, estaban en la verdadera, única y genuina casa de Santa Claus. Y no sólo eso, sino que además, lo iban a conocer. Precioso.

Rincones oficina de Santa Claus

Elfo en oficina de Papá Noel

En un principio no teníamos pensado entrar a conocer la oficina de Papá Noel, no era algo planeado, pero como ya os digo, llegas allí y se contagia el espíritu. Al final vimos la casa, charlamos con los elfos, conocimos a Papá Noel o “Joulupukki” en finlandés, y nos hicimos una foto con él. No sé si habla todos lo idiomas del mundo mundial. Pero desde luego español hablar, lo hablaba. “¿Habéis sido buenas?” nos preguntaba el tan gordito, tan con el pelo blanco, tan esponjoso.

Conocer a Papá Noel

Este viaje se basa en no parar de hacer actividades porque realmente allí las horas muertas son muy muertas. Al principio nos planteamos hacer este viaje en 7 días pero al final con 5, suficiente. Pero bueno, todo depende de cada uno. Y del presupuesto, claro.

Antes de nuestra primera excursión, tras haber pasado la mañana cotilleando el pueblo, nos fuimos al restaurante de un hotel de hielo que hay allí, en el que dormimos esa primera noche en Laponia. Comimos reno preparado de diferentes maneras y me gustó mucho la verdad. Rico, rico.

Paseo con raquetas de nieve.

Y ahora ya sí, tras el festín reno-culinario, nos fuimos a nuestra primera actividad programada: paseo con raquetas de nieve en mitad de un bosque salvaje absolutamente blanco. Jamás había visto tal cantidad de nieve. Es espectacular. Diferente a lo que uno está acostumbrado a ver. Fueron tantas las cosas que me dejaron ojiplática: la capacidad que tenía nuestro guía para orientarse en mitad de la nada. Vale que es su casa, pero de verdad que yo buscaba referencias y era absolutamente incapaz. Menos mal que los osos hibernaban, aunque nuestro guía no paraba de enseñarnos huellas de un montón de animales diferentes.

Raquetas de nieve

Raquetas de nieve y Tipi

Por otro lado, a mitad de camino, haces un descanso en uno de los tipis que tienen en mitad del bosque, muy típicos de allí. Se encendía una hoguera y todos nos sentábamos al rededor del fuego a beber un té de frutos calentito y a comer salchichas hechas en el fuego mientras charlábamos.

En esas fechas hay una o dos horas de luz al día, ni siquiera llegas a ver el sol. Cuando salimos del tipi, ya era noche cerrada. Tremendo “¿Cómo vamos a volver si no hay luz? ¿Nos darán linternas o algo?” Pues no. Íbamos totalmente a oscuras, menos el guía que iba con una pequeña linternita en la cabeza. Aún así se veía perfectamente, pues el sol no sale pero tampoco se pone del todo aunque así lo parezca, por lo que algunos rayos se cuelan y se reflejan en toda esa blanca nieve creando una luz, mágica.

Nunca había probado lo de andar con raquetas de nieve, y la verdad es que me lo imaginaba mucho más fácil. Pero teniendo en cuenta que muchas veces te llegaba la nieve hasta la rodilla. Y otras tantas hasta la cintura, pues más de uno perdía las raquetas por el camino o perdía el equilibrio de manera muy graciosa.

Paseo nocturno en trineos tirados por renos.

Reno

Con el aquel de no parar quietas ni un minuto, a la vuelta de nuestro paseo raqueteril, nos fuimos a dar un paseo por la noche en trineo tirado por renos bajo la nieve. La idea era ver, mientras dábamos el paseo, la aurora boreal, pero como ya os digo, nevaba. Hay que tener mucha suerte. Aún así, jamás imaginas que vas a hacer algo así. Necesitas pellizcarte, de verdad ¿Quieres vivir un cuento? Pues ve a Laponia. Vas recostado en un trineo tirado por un reno, tapado por mantas que te protegen de la nieve, en un bosque totalmente nevado, en silencio y nevando. Sólo con el tímido rumor de los pasos de los renos, campanitas tintineando y el sonido del trineo al deslizarse ¿Sabéis a qué me refiero? Ese sonido cuando pisas la nieve que recién ha caído.

Tras una hora de paseo llegamos a una granja de renos. Nos invitaron de nuevo a cenar en un tipi con personas encantadoras que ejercieron de perfectos anfitriones, contándonos como es su vida allí: tradiciones, infancia, cuidados y características de los renos. Muy interesante. Y para remate nos regalaron una campanita a cada uno de los que asistimos, que es la campanita que lleva atada al cuello el reno “lider”. El que guía al grupo. Ese tintineo que escuchábamos durante el paseo y que ahora cuelga de mi librería.

Paseo en reno

Adornos renos

A continuación nos llevaron con los renos, muchísimos renos, a darles de comer. No era nada fácil, pero cuando por fin se acercan, pierden el miedo y comen de tu mano… Reno bonito, vente a casa conmigo.

Alimentando a los renos

Cómo podéis ver fue un primer día intenso y muy emocionante. A cada actividad que terminábamos nos parecía espectacular y ganaba a todas las demás. Yo, personalmente, soy incapaz de elegir.

Ahora nos tocaba volver a “Santa Claus Village” a intentar dormir en un igloo. Un igloo de los de verdad, de hielo del bueno, a unos – 2ºC/- 7ºC. Pero esa experiencia ya os la contaré en el siguiente capítulo.

Espero que os esté gustando el viaje y os animéis a hacerlo las próximas Navidades. Os va a encantar. Y si encima conseguís ver la aurora boreal, suertudos, nos matareis de la envidia.

Besos helados,

Caye.

PD:

  • Para leer el capítulo 2 con trineos tirados por perros y noches en un igloo, pulsen aquí.
  • Para leer el capítulo 3 entre motos de nieve, pesca en el hielo y baños en aguas heladas, pulsen aquí.