Cantabria

Al fin llegó el día en el que nos disfrazamos de espeleólogas en nuestra aventura (turística) por las cuevas de El Soplao, tras descubrirlas en uno de mis viajes cantabro-veraniego-familiares. Una aventura en la que:

Entrada de El Soplao

Vimos a un pequeño murciélago, algo despistado, dormir la mona de la noche anterior. 

Nos tocó un guía guasón, al que le divertía en las “estrecheces” hacernos creer con un pequeño golpe en el casco que chocábamos contra las paredes de la cueva. Inocente yo, por supuesto, así lo creía. Un tío muy simpatico.

Hubo momentos de rapel con “ay ay ays” incluidos.

Subimos y bajamos paredes verticales. Uno a uno y con la única luz de nuestras linternas. Agarrados a cuerdas entre escalones y piedras. Me cargué el traje. Pobre traje.

Vimos estalactitas, estalagmitas, excéntricas, macarrones. Nos enseñaron de todo. Geología, biología y a sobrevivir al peor de los desastres, también.

Intentamos no alterar la cueva con nuestra presencia, aunque reconozco haber visto algún dedo indice tocando con inocencia y por una milésima de segundo, alguna gota que caía. Y la punta de alguna estalagmita, también ¿Eso es alterar? Maldita curiosidad. Espero que no. Leer más…

Cómo os comentaba en el post anterior, este verano nos fuimos al norte, pasando antes por el Landa con destino a Santander.

Playa Sardinero Santander

Playa del Sardinero, Santander.

Todo mi lado paterno tienen sus raíces en San Sebastián, aunque se mudaron a Madrid para cuando mi señor padre vino al mundo. Los recuerdos de mi infancia se dividen en disfrutar parte del verano en tierras vascas y la otra, en las cántabras. Por motivos que no vienen al caso, dejamos de veranear en nuestro querido norte, aunque si o si, como sea, procuro subir todos los años por esos lares. Llámalo amor, llámalo morriña.

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